Wednesday, July 1, 2009

Sexualidades enfrentadas, imagen del Otro andino y conflictos en la reconfiguración de la nación colombiana

Una lectura de Cien años de soledad desde la frontera semiótica
Kevin Sedeño Guillén
E-mail: krsedenog@unal.edu.co
Universidad Nacional de Colombia

El personaje de Fernanda del Carpio ha sido diversamente leído y sobreinterpretado como casi todos y todo en la novela Cien años de soledad (1967) de García Márquez, en un aluvión crítico que por momentos tiende más a desfigurar el texto que a reconstruir su compleja red de relaciones intra y extratextuales[1]. En esta breve aproximación nos proponemos una lectura de la imagen del Otro andino que construye la novela, por medio del personaje de Fernanda del Carpio, quien al ser involucrada en el mundo de la sexualidad de Macondo, pone en evidencia la inoperancia de su tradición cultural en la nueva geografía en que ha sido incorporada, mecanismo con el que la novela apela metafóricamente a la continuidad de los conflictos irresueltos entre las élites andinas bogotanas y las costeñas o caribeñas, en la reconfiguración de la nación colombiana[2].

La noción de “frontera semiótica” propuesta por Iuri Lotman, nos servirá de herramienta teórica para aproximarnos al acercamiento entre dos mundos excluyentes que presenta la novela. Según este autor: “Así como en la matemática se llama frontera a un conjunto de puntos pertenecientes simultáneamente al espacio interior y al espacio exterior, la frontera semiótica es la suma de los traductores-«filtros» bilingües pasando a través de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje (o lenguajes) que se halla fuera de la semiosfera dada” (Lotman, 1996: 24). Esta noción nos permitirá analizar como la construcción del personaje de Fernanda del Carpio, da cuenta del contacto cultural entre el mundo caribeño de Aureliano Segundo y el universo andino al que ingresará él, sólo para tomarla en matrimonio y arrastrarla a su propio mundo. Esta necesidad de poner a dialogar entre sí el mundo caribeño y el andino, estaría en la base de la agenda de la novela como propuesta de reconfiguración de la nación colombiana desde el reposicionamiento de los roles de sus actores regionales. La primera descripción de este personaje sirve como código para interpretar desde una perspectiva caribeña la constitución del mundo andino:

Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y crecido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de los nardos. Fernanda no tuvo hasta la pubertad otra noticia del mundo que los melancólicos ejercicios de piano ejecutados en alguna casa vecina por alguien que durante años y años se permitió el albedrío de no hacer la siesta. En el cuarto de su madre enferma, verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales, escuchaba las escalas metódicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa música estaba en el mundo mientras ella se consumía tejiendo coronas de palmas fúnebres (García Márquez, 1986: 165-166).

El mar y el sol son los elementos naturales primordiales del imaginario caribeño, que denotan la ajenitud de Fernanda para el universo de Aureliano Segundo. El de ella es visto como un espacio lúgubre, fantasmal, en que se respira la muerte y donde cualquier libertad, incluida la de no dormir la siesta, están proscritas[3]. Por oposición implícita en esta dualidad, el Caribe sería un espacio de vida y libertad. En este capítulo de la novela se presenta la existencia de una densa frontera cultural entre ambos territorios, que actúa a la vez como frontera semiótica cuya función “…se reduce a limitar la penetración de lo externo en lo interno, a filtrarlo y elaborarlo adaptativamente” (Lotman, 1996: 26). No quedan dudas sobre la posicionalidad caribeña del narrador que acentúa el carácter conflictual del contacto cultural entre ambas regiones[4]. La forma primordial que asume la puesta en contacto entre ambos espacios es la sexualidad como forma de penetración fronteriza, que tiene en el matrimonio Buendía-del Carpio su primer nicho intercultural. La visión irónica del narrador nos confronta con la pacatería atribuida a la sexualidad de ella: “Descontando la Semana Santa, los domingos, las fiestas de guardar, los primeros viernes, los retiros, los sacrificios y los impedimentos cíclicos, su anuario útil quedaba reducido a 42 días desperdigados en una maraña de cruces moradas” (García Márquez, 1986: 168). La contraposición entre su cronograma sexual limitado y la vida sexual pletórica que encuentra Aureliano en los brazos de Petra Cote, tiende también a contraponer las sexualidades de ambas mujeres como estereotipos de sus propias procedencias étnicas y culturales.

El matrimonio entre Fernanda del Carpio y Aurelio Segundo, sea quizás -al mejor estilo de las denominadas “novelas fundacionales” latinoamericanas del siglo XIX[5]- un intento de refundar la nación colombiana a través del enlace entre dos estirpes representativas de dos mundos ajenos y enfrentados -la centralidad andina y la marginalidad caribeña-, pero aprisionados en un mismo espacio político-territorial: la República de Colombia. La búsqueda obsesa de la mujer deseada, que lleva a Aureliano Segundo a penetrar más allá de las fronteras de su mundo, parece impregnada de una necesidad de la estirpe de renovar sus genes, de un ansia de refundación comparable a “…la temeridad atroz con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar a Macondo…” (167). Como recuerda Lotman a propósito de Romeo y Julieta, el enlace de Fernanda y Aureliano, “…une dos espacios culturales enemigos, revela claramente la esencia del «mecanismo de frontera»” (Lotman, 1996: 27).

Sin embargo, a pesar de su desventaja numérica, Fernanda actúa como una conquistadora, imponiendo sus códigos morales y sociales a los Buendía: “…el círculo de rigidez iniciado por Fernanda desde el momento en que llegó terminó por cerrarse completamente, y nadie más que ella determinó el destino de la familia” (García Márquez, 1986: 170). Se produce entonces un proceso de inversión que traslada los estereotipos que identificarían el mundo andino, al seno mismo de una familia caribeña fragmentada y ahora subyugada por la extraña: “Poco a poco, el esplendor funerario de la antigua y helada mansión se fue trasladando a la luminosa casa de los Buendía” (171).

Las esperanzas de refundación nacional implícitas en el matrimonio Buendía- del Carpio fracasan y la rigidez de las costumbres andinas termina imponiéndose sobre la vida carente de tradiciones de Macondo, en abierta metáfora del destino de una nación diversa reducida a una concepción centralista del poder ejercida desde la capital andina, “…la ciudad de los treinta y dos campanarios” (169). Estas “fricciones domésticas” (171), se asimilan a los conflictos interregionales por la detentación del poder, en la reconfiguración de la nación desde centros enfrentados y aparentemente irreconciliables. Pero a pesar de la influencia cultural andina impuesta por “Fernanda del Carpio de Buendía”, el proceso de modernización de Macondo viene por otro lado, de la propia estirpe de los Buendía, en cabeza de Aureliano Centeno, que inventa el helado al combinar los sabores de frutas con el excedente de su fábrica de hielo y de su avanzado medio hermano Aureliano Triste, que regresó al pueblo en “[e]l inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo” (178).

La concepción de estos pasajes de Cien años de soledad parece deberle no poco al propio tránsito que realizara su autor hacia el mundo andino, los ojos con que mira este ámbito Aureliano Segundo los comparte con el narrador mismo. Por otro lado, a pesar de la imagen estereotipada del “cachaco” que ofrece la novela, su recepción en la región central de Colombia –mediada por circuitos transnacionales de alta cultura- tiene a olvidar estos agravios y la asume como un testimonio de la otredad, de un mundo exótico y continuamente ajeno. Finalmente, lejos de proponer una dinámica de integración nacional, la agenda que subyace en Cien años de soledad parece reemplazar unos centros de poder por otros, reproduciendo las dinámicas del conflicto entre los Andes y el Caribe colombianos en la reconfiguración de la nación colombiana en la segunda mitad del siglo XX.

Bibliografía citada:

García Márquez, Gabriel (1967). [Capítulo XI]. Cien años de soledad. 15 ed. Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1986. 164-178. Disponible también en: http://www.bio-nica.info/Biblioteca/GarciaMarquez100.pdf (27/09/2008).

Lotman, Iuri M. “Acerca de la semiosfera”. La semiosfera. I: Semiótica de la cultura y del texto; selección y traducción del ruso por Desiderio Navarro; con un capítulo final de Manuel Cáceres. Madrid: Cátedra; Universitat de València, Cátedra Frónesis, 1996. 21-42.
Notas:

[1] Mientras que para unos Fernanda del Carpio es la personificación del decoro (39) (J. Eduardo Jaramillo Zuluaga. “Chapter 3. Desire and Decorum in the Twentieth-Century Colombian Novel”. Bodies and Biases: Sexualities in Hispanic Cultures and Literatures; David William Foster, Roberto Reis, eds. U of Minnesota Press, 1996. 37-78. Disponible parcialmente en http://books.google.com.co/); para otros su “… parodic name already evokes the intransigence of the Spanish colonizers” (31). (Francisco Collado-Rodríguez. “Back to Myth and Ethical Compromise: García Márquez’s Traces on Jeffrey Eugenides’s The Virgin Suicides”. Atlantis. 27.2 (December 2005): 27–40. Disponible también en http://www.atlantisjournal.org/Papers/27_2/027-040%20Collado.pdf)

[2] El tema de la confrontación entre los centros de poder andino y las élites caribeñas en Colombia lo abordé el artículo: “Contra el macondismo: Para una estrategia posoccidental desde el Caribe colombiano”. Itaca: Revista del lenguaje. 3(2): 37-57, jun., 2005. (coautor con el Martha E. Bolaños Escobar).

[3] Esta visión externa del universo andino sigue siendo la nota clave en la descripción del mundo de Fernanda visto por Aureliano Segundo: “Se extravió por desfiladeros de niebla, por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión. Atravesó un páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios. Al cabo de semanas estériles, llegó a una ciudad desconocida donde todas las campanas tocaban a muerto” (García Márquez, 1986: 167-168).

[4] A pesar de que el viaje a los Andes de Aureliano Segundo es breve en relación con la vida transplantada de Fernanda al Caribe, nunca parecemos tener su visión de los otros en su propia perspectiva.

[5] Véase al respecto: Doris Sommer. Ficciones fundacionales: Las novelas nacionales de América Latina; traducción José Leandro Urbina y Ángela Pérez. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2004.

2 comments:

Laberintos said...

Muy interesante lo que escribes, tuve un profesor colombiano y de seguro le encantaría leer este texto. Volveré a visitarte muy a menudo, magnífico tu blog.

Kevin Sedeño Guillén said...

Muchísimas gracias por su muy gentil comentatio. Como habrá visto no recibo comentarios a menudo, por lo que valoro mucho más el suyo. Seguiré intentando mantener el interés en sus próximas visitas. También he visitado su blog, llenas de sugerencias muy cubanas, en el centro de mis interéses. Crearé un vínculo desde Bojeo a la Isla a Laberintos.