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Wednesday, July 1, 2009

Sexualidades enfrentadas, imagen del Otro andino y conflictos en la reconfiguración de la nación colombiana

Una lectura de Cien años de soledad desde la frontera semiótica
Kevin Sedeño Guillén
E-mail: krsedenog@unal.edu.co
Universidad Nacional de Colombia

El personaje de Fernanda del Carpio ha sido diversamente leído y sobreinterpretado como casi todos y todo en la novela Cien años de soledad (1967) de García Márquez, en un aluvión crítico que por momentos tiende más a desfigurar el texto que a reconstruir su compleja red de relaciones intra y extratextuales[1]. En esta breve aproximación nos proponemos una lectura de la imagen del Otro andino que construye la novela, por medio del personaje de Fernanda del Carpio, quien al ser involucrada en el mundo de la sexualidad de Macondo, pone en evidencia la inoperancia de su tradición cultural en la nueva geografía en que ha sido incorporada, mecanismo con el que la novela apela metafóricamente a la continuidad de los conflictos irresueltos entre las élites andinas bogotanas y las costeñas o caribeñas, en la reconfiguración de la nación colombiana[2].

La noción de “frontera semiótica” propuesta por Iuri Lotman, nos servirá de herramienta teórica para aproximarnos al acercamiento entre dos mundos excluyentes que presenta la novela. Según este autor: “Así como en la matemática se llama frontera a un conjunto de puntos pertenecientes simultáneamente al espacio interior y al espacio exterior, la frontera semiótica es la suma de los traductores-«filtros» bilingües pasando a través de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje (o lenguajes) que se halla fuera de la semiosfera dada” (Lotman, 1996: 24). Esta noción nos permitirá analizar como la construcción del personaje de Fernanda del Carpio, da cuenta del contacto cultural entre el mundo caribeño de Aureliano Segundo y el universo andino al que ingresará él, sólo para tomarla en matrimonio y arrastrarla a su propio mundo. Esta necesidad de poner a dialogar entre sí el mundo caribeño y el andino, estaría en la base de la agenda de la novela como propuesta de reconfiguración de la nación colombiana desde el reposicionamiento de los roles de sus actores regionales. La primera descripción de este personaje sirve como código para interpretar desde una perspectiva caribeña la constitución del mundo andino:

Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y crecido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de los nardos. Fernanda no tuvo hasta la pubertad otra noticia del mundo que los melancólicos ejercicios de piano ejecutados en alguna casa vecina por alguien que durante años y años se permitió el albedrío de no hacer la siesta. En el cuarto de su madre enferma, verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales, escuchaba las escalas metódicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa música estaba en el mundo mientras ella se consumía tejiendo coronas de palmas fúnebres (García Márquez, 1986: 165-166).

El mar y el sol son los elementos naturales primordiales del imaginario caribeño, que denotan la ajenitud de Fernanda para el universo de Aureliano Segundo. El de ella es visto como un espacio lúgubre, fantasmal, en que se respira la muerte y donde cualquier libertad, incluida la de no dormir la siesta, están proscritas[3]. Por oposición implícita en esta dualidad, el Caribe sería un espacio de vida y libertad. En este capítulo de la novela se presenta la existencia de una densa frontera cultural entre ambos territorios, que actúa a la vez como frontera semiótica cuya función “…se reduce a limitar la penetración de lo externo en lo interno, a filtrarlo y elaborarlo adaptativamente” (Lotman, 1996: 26). No quedan dudas sobre la posicionalidad caribeña del narrador que acentúa el carácter conflictual del contacto cultural entre ambas regiones[4]. La forma primordial que asume la puesta en contacto entre ambos espacios es la sexualidad como forma de penetración fronteriza, que tiene en el matrimonio Buendía-del Carpio su primer nicho intercultural. La visión irónica del narrador nos confronta con la pacatería atribuida a la sexualidad de ella: “Descontando la Semana Santa, los domingos, las fiestas de guardar, los primeros viernes, los retiros, los sacrificios y los impedimentos cíclicos, su anuario útil quedaba reducido a 42 días desperdigados en una maraña de cruces moradas” (García Márquez, 1986: 168). La contraposición entre su cronograma sexual limitado y la vida sexual pletórica que encuentra Aureliano en los brazos de Petra Cote, tiende también a contraponer las sexualidades de ambas mujeres como estereotipos de sus propias procedencias étnicas y culturales.

El matrimonio entre Fernanda del Carpio y Aurelio Segundo, sea quizás -al mejor estilo de las denominadas “novelas fundacionales” latinoamericanas del siglo XIX[5]- un intento de refundar la nación colombiana a través del enlace entre dos estirpes representativas de dos mundos ajenos y enfrentados -la centralidad andina y la marginalidad caribeña-, pero aprisionados en un mismo espacio político-territorial: la República de Colombia. La búsqueda obsesa de la mujer deseada, que lleva a Aureliano Segundo a penetrar más allá de las fronteras de su mundo, parece impregnada de una necesidad de la estirpe de renovar sus genes, de un ansia de refundación comparable a “…la temeridad atroz con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar a Macondo…” (167). Como recuerda Lotman a propósito de Romeo y Julieta, el enlace de Fernanda y Aureliano, “…une dos espacios culturales enemigos, revela claramente la esencia del «mecanismo de frontera»” (Lotman, 1996: 27).

Sin embargo, a pesar de su desventaja numérica, Fernanda actúa como una conquistadora, imponiendo sus códigos morales y sociales a los Buendía: “…el círculo de rigidez iniciado por Fernanda desde el momento en que llegó terminó por cerrarse completamente, y nadie más que ella determinó el destino de la familia” (García Márquez, 1986: 170). Se produce entonces un proceso de inversión que traslada los estereotipos que identificarían el mundo andino, al seno mismo de una familia caribeña fragmentada y ahora subyugada por la extraña: “Poco a poco, el esplendor funerario de la antigua y helada mansión se fue trasladando a la luminosa casa de los Buendía” (171).

Las esperanzas de refundación nacional implícitas en el matrimonio Buendía- del Carpio fracasan y la rigidez de las costumbres andinas termina imponiéndose sobre la vida carente de tradiciones de Macondo, en abierta metáfora del destino de una nación diversa reducida a una concepción centralista del poder ejercida desde la capital andina, “…la ciudad de los treinta y dos campanarios” (169). Estas “fricciones domésticas” (171), se asimilan a los conflictos interregionales por la detentación del poder, en la reconfiguración de la nación desde centros enfrentados y aparentemente irreconciliables. Pero a pesar de la influencia cultural andina impuesta por “Fernanda del Carpio de Buendía”, el proceso de modernización de Macondo viene por otro lado, de la propia estirpe de los Buendía, en cabeza de Aureliano Centeno, que inventa el helado al combinar los sabores de frutas con el excedente de su fábrica de hielo y de su avanzado medio hermano Aureliano Triste, que regresó al pueblo en “[e]l inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo” (178).

La concepción de estos pasajes de Cien años de soledad parece deberle no poco al propio tránsito que realizara su autor hacia el mundo andino, los ojos con que mira este ámbito Aureliano Segundo los comparte con el narrador mismo. Por otro lado, a pesar de la imagen estereotipada del “cachaco” que ofrece la novela, su recepción en la región central de Colombia –mediada por circuitos transnacionales de alta cultura- tiene a olvidar estos agravios y la asume como un testimonio de la otredad, de un mundo exótico y continuamente ajeno. Finalmente, lejos de proponer una dinámica de integración nacional, la agenda que subyace en Cien años de soledad parece reemplazar unos centros de poder por otros, reproduciendo las dinámicas del conflicto entre los Andes y el Caribe colombianos en la reconfiguración de la nación colombiana en la segunda mitad del siglo XX.

Bibliografía citada:

García Márquez, Gabriel (1967). [Capítulo XI]. Cien años de soledad. 15 ed. Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1986. 164-178. Disponible también en: http://www.bio-nica.info/Biblioteca/GarciaMarquez100.pdf (27/09/2008).

Lotman, Iuri M. “Acerca de la semiosfera”. La semiosfera. I: Semiótica de la cultura y del texto; selección y traducción del ruso por Desiderio Navarro; con un capítulo final de Manuel Cáceres. Madrid: Cátedra; Universitat de València, Cátedra Frónesis, 1996. 21-42.
Notas:

[1] Mientras que para unos Fernanda del Carpio es la personificación del decoro (39) (J. Eduardo Jaramillo Zuluaga. “Chapter 3. Desire and Decorum in the Twentieth-Century Colombian Novel”. Bodies and Biases: Sexualities in Hispanic Cultures and Literatures; David William Foster, Roberto Reis, eds. U of Minnesota Press, 1996. 37-78. Disponible parcialmente en http://books.google.com.co/); para otros su “… parodic name already evokes the intransigence of the Spanish colonizers” (31). (Francisco Collado-Rodríguez. “Back to Myth and Ethical Compromise: García Márquez’s Traces on Jeffrey Eugenides’s The Virgin Suicides”. Atlantis. 27.2 (December 2005): 27–40. Disponible también en http://www.atlantisjournal.org/Papers/27_2/027-040%20Collado.pdf)

[2] El tema de la confrontación entre los centros de poder andino y las élites caribeñas en Colombia lo abordé el artículo: “Contra el macondismo: Para una estrategia posoccidental desde el Caribe colombiano”. Itaca: Revista del lenguaje. 3(2): 37-57, jun., 2005. (coautor con el Martha E. Bolaños Escobar).

[3] Esta visión externa del universo andino sigue siendo la nota clave en la descripción del mundo de Fernanda visto por Aureliano Segundo: “Se extravió por desfiladeros de niebla, por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión. Atravesó un páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios. Al cabo de semanas estériles, llegó a una ciudad desconocida donde todas las campanas tocaban a muerto” (García Márquez, 1986: 167-168).

[4] A pesar de que el viaje a los Andes de Aureliano Segundo es breve en relación con la vida transplantada de Fernanda al Caribe, nunca parecemos tener su visión de los otros en su propia perspectiva.

[5] Véase al respecto: Doris Sommer. Ficciones fundacionales: Las novelas nacionales de América Latina; traducción José Leandro Urbina y Ángela Pérez. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Sunday, March 8, 2009

Una novela muy vieja con unas alas enormes… pero cortadas




Gabriel García Márquez.

La hojarasca [i]

Bogotá: Ediciones SLB, 1955.

137 p.


Leer la obra narrativa y periodística de Gabriel García Márquez que fuera publicada antes de la aparición de Cien años de soledad (1967), y de la fastuosa ceremonia en que el costeño en liqui-liqui de lino blanco, recibe la medalla del Premio Nobel de Literatura de 1982, de manos de su majestad el rey Carlos Gustavo de Suecia, implica una profunda tarea de arqueología cultural.

Para decirlo en lenguaje llano, implica barrer con la hojarasca que sobre esta obra anterior han acumulado esos grandiosos acontecimientos literarios y mediáticos: dejar a un lado la etiqueta de realismo mágico, con levitación de remedios la bella y mariposas amarillas en un desfile de Silvia Tcherassi, incluidos; leerla como una novela escrita por un principiante, “un pretendiente”, diría mi profesora Diana Diaconu (Departamento de Literatura, Universidad Nacional de Colombia), siguiendo a Pierre Bourdieu.

La novelita de García Márquez –y uso ese adjetivo sólo en alusión a lo breve- que apareciera en una editorial desconocida, luego de ser rechazada categóricamente por Losada, fue publicada en 1955, el mismo año en que el Fondo de Cultura Económica sacaba, con el número 19 de su colección “Letras mexicanas”, la contundente novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Pero según nos recuerda el escritor José Luis Díaz-Granados: “La novela tuvo rápida aceptación y el más importante crítico colombiano de la época, Hernando Téllez, no vaciló en calificar a su autor como el más grande novelista vivo del país”[ii]. También tendré que evitar la tentación de vender en 3000 0 4000 euros –según los avaluadores- el único ejemplar de la primera edición de La Hojarasca -con cubierta de Cecilia Porras- que, como parte de la colección Howard Rochester, se conserva en la sección de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá.

Lo primero será decir que, en mi concepto, La hojarasca, a pesar de lo musical y el ambiente de otoño parisino que evoca, no es un título congruente con el argumento y la trama oculta de esta novela inicial, dentro de una saga narrativa demoledora en la tradición de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Como la novela menciona, casi de pasada, la hojarasca refiere a aquella avalancha de aventureros, de seres foráneos en busca de fortuna, que invaden Macondo –ya Macondo por siempre- como parte del auge de la economía de esta región del Caribe colombiano, que se debe al establecimiento de las compañías bananeras y del moderno medio de transporte que significaría el ferrocarril.

Pero para la época en que nos ubica la novela esa hojarasca ha desaparecido casi totalmente, se ha ido con la United Fruit Company, tras el gran escándalo político que significó la masacre, entre el 5 y 6 de diciembre de 1928, en Ciénaga, Magdalena, de más de 1000 obreros bananeros, según cifras no muy claras aún. Este hecho, sintomático del fracaso del proyecto político de las élites regionales, deviene simbólico de la crisis de imposibilidad de la “modernidad” en el Caribe colombiano, tal como nos lo han presentado dos de las novelas colombianas más leídas del siglo XX y herederas de este imaginario colectivo: La casa grande (1954), de Álvaro Cepeda Samudio y la propia Cien años de soledad (1967).

Pero en La hojarasca el contexto no parece aún preparado para enjuiciar ese hecho sangriento, obsesión narrativa que acompañará a García Márquez hasta su exorcisacion plena en su novela-fetiche ya mencionada. El argumento visible deriva por los trazos de vidas sin luz, que giran en torno al cadáver del médico extranjero, al parecer el único recuerdo vivo de la matanza colectiva que sumió al pueblo en la desesperanza y la muerte en vida. Pero la trama oculta, que remite a ese hecho doloroso para el imaginario colectivo, sólo aflora en forma de recuerdos momentáneos, fogonazos de tiempo, que acuden a la mente de los pobladores de Macondo, pero que parece necesario volver a reprimir de inmediato, como ese triste momento en que el médico, veterano de las guerras patrias junto al mítico coronel Aureliano Buendía, le niega asistencia médica, no sabemos por qué, a las víctimas de la masacre que se agolpan a su puerta.

Pero este odio colectivo que acompaña al médico extranjero hasta la muerte, hasta el entierro -ceremonia casi sagrada para las tradiciones culturales locales- no alcanza a encubrir ni a explicar la situación de inoperancia que prevalece en la organización comunitaria del viejo Macondo. Quizás este rencor hacia un individuo concreto y la nueva era que se abre con su aparatosa muerte signifiquen una luz, esa que de manera violenta se hace presente cuando los peones echan abajo la puerta de la abandonada casa del médico:

Y antes de que tengamos tiempo de saber qué sucede, irrumpe la luz en la habitación, de espaldas, poderosa y perfecta, porque le han quitado el soporte que la sostuvo durante doscientos años y con la fuerza de doscientos bueyes, y cae de espaldas en la habitación, arrastrando la sombra de las cosas en su turbulenta caída. Los hombres se hacen brutalmente visibles, como un relámpago al mediodía, y tambalean, y me parece como si hubieran tenido que sostenerse para que no los tumbara la claridad (131-132)[iii]

El derrumbe de esa puerta más que centenaria, simbólico de un proyecto patriarcal en crisis, derrotado por la invasión modernizadora, según la tesis que parece defender la novela, significa una nueva oportunidad, un cierre del prolongado período de duelo colectivo por la masacre de las bananeras[iv]. Más allá de esto la novela sólo nos presenta unos destinos desasidos, sin devenir probable, de hombres viejos que ya vieron la mejor vida posible, de mujeres casadas por la urgencia y a la vez abandonadas, de baúles repletos de ropa de difuntos. Pero la muerte del médico parece alumbrar una esperanza, una segunda oportunidad sobre la tierra para los condenados del proyecto modernizador fracasado.

Las obsesiones de García Márquez en torno a la crisis de los proyectos de comunidad del Caribe colombiano en el siglo XX, prevalecen en su narrativa posterior, en algunos casos amplificadas como pregunta por el fracaso de la nación liberal- burguesa en Colombia. Crónica de una muerte anunciada (1981), novela de la madurez del autor, reproduce la misma puesta en escena del orden patriarcal que parece actuar de manera autónoma en su deseo infalible de castigar las violaciones contra sus imperativos morales y religiosos, la representación de esos espacios semirurales como reductos comunitarios que han escapado irracionalmente a la sin razón de los poderes nacionales y transnacionales[v].

El conflicto es entre la “hojarasca”, los recién llegados y los dueños de la tierra, entre cachacos y costeños, pero dentro de esa pelea entre élites regionales –centrales y periféricas- por repartirse el poder y los contratos, los representantes de las minorías (mujeres, indígenas, afrodescendientes) continúan viviendo en la narrativa de García Márquez su vida subalternizada:

Veo la casa por la ventana y pienso que mi madrastra está allí, inmóvil en su silla, pensando quizás que antes de que nosotros regresemos habrá pasado ese viento final que borrará este pueblo. Todos se habrán ido entonces, menos nosotros, porque estamos atados a este suelo por un cuarto lleno de baúles en los que se conservan aún los utensilios domésticos y la ropa de los abuelos, de mis abuelos, y los toldos que usaron los caballos de mis padres cuando vinieron a Macondo huyendo de la guerra. Estamos sembrados en este suelo por el recuerdo de los muertos remotos cuyos huesos ya no podrían encontrarse a veinte brazas bajo la tierra. Los baúles están en el cuarto desde los últimos días de la guerra; y allí estarán esta tarde, cuando regresemos del entierro, si es que entonces no ha pasado todavía ese viento final que barrerá Macondo, sus dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos (129).

Estos seres desesperanzados, a la espera de la desaparición final de Macondo, a manos de un viento apocalíptico, no sólo están atados por la tierra que contiene sus muertos ancestrales, sino por sus baúles llenos de enseres y tradiciones y, primordialmente, por su condición de propietarios de la tierra y sus prejuicios de clase pequeño burguesa desplazada. La ridiculización del intento de la indígena guajira Meme de movilizarse de la condición de empleada doméstica y objeto sexual de sus patrones, a la de esposa legítima y comerciante, es un claro índice de por dónde van las agendas políticas y sociales del narrador. Como otros críticos han tenido oportunidad de señalar, no hay en el macondismo garciamarquiano una verdadera oportunidad de liberación: …” resituado en contextos, el macondismo no es un discurso desde los márgenes, ni habla por los que no pueden hablar. Se convierte, más bien, en discurso hegemónico que allana las diferencias, situándolas por fuera del país, en una cultura ‘otra’” (Walde, 1998)[vi]. El Gabriel García Márquez de La hojarasca se estrena entonces como el cantor nostálgico de una pequeña burguesía rural, desplazada por la reorganización del orden político nacional tras las guerras intestinas de la primera mitad del siglo y por los complejos procesos de industrialización del Caribe colombiano, introducidos de la mano de las multinacionales extranjeras. La liberación social que algunos han querido leer en su proyecto narrativo, no parece haber pasado de ser el canto de un alcaraván de alas cortadas.

Kevin Sedeño Guillén
Universidad Nacional de Colombia /
Fundación Universitaria del Área Andina


[i] La imagen de portada ha sido tomada del sitio Web El bibliómano. www.bibliographos.net/article.php?id_article=624 (7/3/2009).

[ii] Díaz-Granados, José Luis. “La hojarasca, preludio de la epopeya”. La Ventana: Portal informativo de la Casa de las Américas. Sep., 1, 2005. http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2705 (7/3/2009)

[iii] Cito aquí por la 10 ed. de La hojarasca en la Colección Índice de la Editorial Sudamericana, de 1974.

[iv] He creído ver en otras zonas de la narrativa garciamarquiana, leídas tradicionalmente como síntoma del desamparo y de la pobreza del Caribe colombiano, optimismo social similar y esperanza de la instauración de un nuevo orden, que debe iniciar necesariamente con una muerte. Véase mi reseña: “El coronel sí tiene quien le escriba: esperanza y escepticismo en el mundo caribeño de Gabriel García Márquez”. Bojeo a la isla. Nov., 16, 2008. http://bojeoalaisla.blogspot.com/search?q=Coronel

[v] Véase al respecto mi artículo: “Tragedia, trasgresión y muerte ritual en la narrativa caribeña: Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez y Tú, la oscuridad, de Mayra Montero”. La narrativa de Mayra Montero: Hacia una literatura transnacional caribeña; Kevin Sedeño Guillén y Madeline Cámara, eds.; pról. Madeline Cámara. Valencia (España): Aduana Vieja, 2008. pp. 177-202 (coautor con Doris Álvarez Ortega y Rocío Mattos Arévalo).

[vi] Walde, Erna von der. “Realismo mágico y poscolonialismo: construcciones del otro desde la otredad”. Teorías sin disciplina (latinoamericanismo, poscolonialidad y globalización en debate); Santiago Castro Gómez y Eduardo Mendieta, eds. México, Miguel Ángel Porrúa, 1998. Disponible en: http://www.ensayistas.org/critica/teoria/castro/walde.htm (12/09/2001)

Sunday, November 16, 2008

El coronel sí tiene quien le escriba: Esperanza y escepticismo en el mundo caribeño de Gabriel García Márquez

“El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita” (7). Así comienza la novela El coronel no tiene quien le escriba (1961) [1] , de Gabriel García Márquez y desde esta primera oración el autor nos enfrenta con el mundo de carencias materiales que veremos padecer al protagonista a lo largo de toda la historia, quien se enfrenta a ella con toda la tenacidad de que es capaz un olvidado héroe de la guerra. Este carácter predictivo es propio de las primeras oraciones de algunas de las novelas más conocidas de este autor[2].

La actitud de “confiada e inocente expectativa” (7) que asume el Coronel ante las adversidades, se convertiría en una estrategia de subsistencia que caracterizará su actuación entre resignada y esperanzada, en una vida en que “octubre era una de las pocas cosas que llegaban” (7). No llegan cartas, no llega su pensión de veterano de la guerra, no llega el reconocimiento social. Es el continuo enfrentamiento entre una tenue pero constante esperanza y la fatalidad del tiempo que pasa inexorable, como en el conjunto simbólico que se nos presenta en la siguiente descripción: “En la pared opuesta a la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca cargada de rosas” (8).

En este pueblo ribereño en que la presencia del agua y la agresividad del clima delatan su filiación caribeña, la última esperanza está signada en las patas del gallo que ha quedado a este viejo y desamparado matrimonio tras la muerte violenta de su hijo. No es sólo una esperanza de estos viejos, sino una ilusión colectiva. Pero no veremos al gallo ni ganar ni perder en el espacio de la novela. Más atención que el destino final de estas vidas merece su devenir, su tenacidad, su contradictoria esperanza que parece ilusoria.

La esperanza puede resultar vergonzosa en este mundo de permanente desilusión y como tal, tomada como algo que ofende el sentido común. Es necesario disimularla, como en la pueril actuación del Coronel ante la ausencia de cartas: “No esperaba nada” (18) – dice, él que ha visto pasar su vida esperando con una esperanza renovada cada vía. La carta, como el gallo, es símbolo de esa esperanza constantemente escamoteada, burlada, pero que permanece: “…la esperanza de la carta” (37-38).

“-La ilusión no se come – dijo la mujer” (48), tema que se repite más adelante cuando ella misma afirma que “…la dignidad no se come” (51). El pragmatismo desalentado de la esposa confronta la continua esperanza del Coronel, es su contradictora, su conciencia de la difícil realidad:

- Tengo la impresión de que esa plata no llegará nunca – dijo la mujer.
- Llegará.
- Y si no llega (69).

“Mierda” (73) es la cruda, pero aún esperanzada respuesta del Coronel. Esta confrontación final entre el pragmatismo de la mujer y el idealismo esperanzado del hombre, pone de relieve el desenlace no previsto en la novela. Si la carta era una esperanza viable, un premio merecido, resultado de una actuación valerosa, con el gallo la esperanza se confunde con el azar de unas patas enfrentadas, para terminar degradándose totalmente al asumir la forma del excremento humano. El coronel no tiene quien le escriba presenta la continua degradación de la esperanza en un mundo donde cualquier solución racional de continuidad es improbable, pero donde esta sobrevive como una anomalía, como una aberración que ningún pragmatismo desilusionado puede extinguir.

[1] Cito aquí por la edición de Norma, 1982.

[2] Véase al respecto Cien años de soledad (1967) (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) y Crónica de una muerte anunciada (1981) (“El día en que lo iban a matar, Santiago Nazar se levantó…”). Este tema lo he tratado en el artículo: “Tragedia, trasgresión y muerte ritual en la narrativa caribeña: Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez y Tú, la oscuridad, de Mayra Montero”. La narrativa de Mayra Montero: Hacia una literatura transnacional caribeña; Kevin Sedeño Guillén y Madeline Cámara, eds.; pról. Madeline Cámara. Valencia, España: Aduana Vieja, 2008. pp. 177-202 (coautor con Doris Álvarez Ortega y Rocío Mattos Arévalo).


Kevin Sedeño Guillén

Universidad Nacional de Colombia